En los últimos meses se han conformado una serie de iniciativas ciudadanas que proponen mantener bajo vigilancia el quehacer de los diputados, esos célebres personajes que viven de nosotros y que ostentan un poder casi divino, por no mencionar las riquezas que amasan a nuestras costillas. Porque no me digan que estos personajes viven solamente de sus sueldos –bastante jugosos, por cierto-, no, todos tienen otros negocitos alternos que hacen que ser diputado represente el haber ganado un buen hueso para roer durante muchos años. Es por eso que hacen hasta lo imposible, con porquería y media de por medio, para ocupar esos puestos que se definen con una palabra: excesivos. Excesivos porque en teoría, representan una gran responsabilidad, al llevar supuestamente la voluntad y las opiniones de los ciudadanos a nivel legislativo. Excesivos porque ningún profesionista con posgrados aquí o en el extranjero, tiene el sueldo ni las prestaciones, ni el séquito que ostentan estas personas. Excesivos por el grado superlativo de prepotencia y de cinismo del que son capaces.
Bueno, pues ahora, ciertos grupos ciudadanos han lanzado sendas iniciativas para vigilar a estos profesionistas de la vergüenza (la ajena, claro). Antes de comenzar a despotricar en contra de esta idea, debo decir que estoy a favor de la acción ciudadana y de el ejercicio de los derechos democráticos. Me parece muy buena idea el intentar despertar a la gente del letargo y la indiferencia en la que suele vivir ante estos temas. Creo que hace falta acción y no sólo críticas.
Sin embargo, ¿cómo está eso de que ya aceptamos abiertamente que nuestros legisladores NO SIRVEN PARA NADA?, ¿cómo está eso de que necesitan nana que los esté vigilando? Es deprimente pensar que, con los sueldos y las prestaciones que se cargan ellos y todo su séquito (sí, porque tienen séquitos parecidos a los de los Duques de York o algo así), todavía hay que revisarles el trabajo. Si cualquier trabajador, de cualquier ramo de la actividad profesional, deja de producir o lo hace de manera ineficiente y defectuosa, ¡va para afuera! Eso es motivo de despido y con toda la razón. Si un trabajador cualquiera deja de ir a trabajar, o de plano tiene otras ocupaciones más importantes que su empleo, ¡va para afuera!
¿Por qué aceptar que son unos ineptos y aún así apapacharlos bajo una cubierta de “supervisión ciudadana”? Lo que deberíamos hacer es anular nuestros votos cada vez que haya elecciones para senadores y diputados. Lo que deberíamos hacer es dejar de reverenciar a estos personajes que, porque tienen poder y dinero (el nuestro), entran a todos lados por la puerta grande, son admirados por sus “logros” profesionales y se les permite prácticamente todo. El día en el que repudiemos socialmente a estos parásitos y dejemos de admirarles el hecho de que son transas, chingones y puedelotodos, ese día, las cosas van a cambiar.
A los mexicanos nos encanta lamer las botas de quienes aparentan u ostentan un poder económico superior al de los demás. Envidiamos a los que se van de shopping a Estados Unidos, a los que viajan en primera clase o a los que compran ropa en tiendas exclusivas de diseñador. Nos encanta la palabra “exclusivo”, sólo para gente “VIP”. Y luego sucede que la gente VIP es la más corrupta, ignorante, maldita y corriente, la que es capaz de vender y matar a su propia madre por tener poder político y, por supuesto, económico.
A los políticos les pasa lo mismo que a la Iglesia Católica: sólo les importa el dinero. Les vale gorro la política, la democracia, el desarrollo del país, así como al clero le vale la salvación de las almas, la dignidad humana y todo eso con lo que se la pasan lucrando y que forma parte de sus discursos cotidianos.
Ya llegamos al punto en el que los diputados nos dicen: “Soy un inepto, flojo, corrupto, ¿y qué?”. El aceptar que haya personas vigilándolos porque ya nadie cree en ellos ni en su calidad moral, es algo muy fuerte.
Hace algunos años, cuando los medios masivos comenzaban a criticar abiertamente a los políticos y a balconearlos en situaciones comprometedoras, todavía se escuchaban disculpas, explicaciones o de plano, renuncias y deserciones. Pero ahora, que ya los balconeos son cosa de todos los días, estos especímenes se han vuelto de lo más cínicos. Con sus canonjías, privilegios y fueros, estos hacen lo que se les pega la gana.
Francamente, no creo que la solución esté en vigilar de cerca a los diputados. Ellos tienen que cumplir responsablemente con su papel en la sociedad, tienen que darnos cuentas y, si lo hacen mal, ser sancionados. Insisto, PARA ESO SE LES PAGA No podemos conformarnos con ser nanas de estos corruptos. Una cosa es participar como ciudadanos y otra, muy distinta, convertirnos en policías de quienes deben darnos cuentas… o largarse.
martes, 30 de marzo de 2010
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