viernes, 26 de febrero de 2010

Centenario

La mayoría de las personas que pisamos este planeta llegamos y venimos sin aparente pena ni gloria. Muy pocos son quienes logran sobresalir y ser recordados, para bien o para mal, por más de cien años. Pero, pensándolo bien, esto que escribo no es cierto del todo. Cada persona tiene a sus "inmortales" particulares, aquellos que nos acompañarán durante nuestro camino por la vida, hasta que éste termine. Asimismo, todos deberíamos aspirar a esa inmortalidad en aquellos que nos conocen y a quienes, algún día, hemos de faltarles.


Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de una persona que no aparece en los libros de texto, cuya vida no se encuentra registrada en la memoria colectiva, aunque sí en la de aquellos que la quisimos y admiramos desde que nacimos. Una persona que, sin nadie saberlo, quedó inmortalizada desde muy joven, como cuenta una leyenda, en una calle de la Colonia del Valle, que obtuvo su nombre en honor a ella; un nombre atípico y discordante con los de las demás calles de la zona: Eugenia.


Con ella aprendí y viví lo que significa la palabra "abuelita", y lo pongo en diminutivo porque eso era ella, una abuelita cariñosa, consecuente y demasiado consentidora con sus nietos. La palabra "abuela" suena demasiado dura para ella. Lo digo desde el lugar que me corresponde dentro de los doce que tuvimos la fortuna de llamarla "Allita"; tuve el privilegio y el honor de hacerla abuela por primera vez y de ponerle el nombre con el que esas doce personas la conocimos siempre.


Recuerdo cuánto me gustaba quedarme a dormir en su casa, las cosas que nos contaba de cuando era niña y jugaba con sus hermanos a los vaqueros; de cuando le tiraron los dientes en un juego de beisbol; o de cuando su mamá le contaba del Sr. Piña, un hombre que llegó a su casa a pedir agua en tiempos de la Revolución. Recuerdo cómo se le llenaban los ojos de lágrimas cada vez que recordaba a Toñito, un gesto que lejos de inspirarme debilidad, me hacía sentir una gran admiración por esa mujer que supo superar la adversidad en todo momento. Recuerdo su habilidad para la repostería y la manera en la que nos consentía aún a espaldas de mis papás. Recuerdo haberle pedido a Dios que nunca se la llevara y el haberle rogado que lo hiciera en los últimos días de su vida.


Es realmente poco lo que puedo expresar en comparación con lo que siento. Sólo puedo decir que fui afortunada teniéndola a mi lado en los momentos importantes y en los ratos cotidianos. Lo que disfruté a su lado me acompañará por siempre, hasta que nos volvamos a encontrar.

In memoriam. Eugenia Rebolledo Clement (1910-1989).