El tema de la dictadura en Argentina ha sido tratado en muchas películas, de diversas maneras. Pareciera que el tema pudiera haberse agotado, pero esta película de Diego Lerman, nos demuestra que no es así.
La mirada invisible nos sitúa en el año 1983, durante la decadencia del régimen militar impuesto en 1976. La historia transcurre básicamente dentro de un prestigiado colegio en el que la disciplina lo es todo. Una joven prefecta (María Teresa) es la encargada de la vigilancia en un ambiente sumamente represor, en donde la consigna es vigilar y controlar a los adolescentes en este deber ser en el que la obediencia y la buena conducta son la cualidad más apreciada.
Pero no se puede tapar el sol con un dedo. María Teresa siente atracción por uno de los estudiantes; una atracción silenciosa pero notoria que se manifiesta en tensión sexual y que la lleva a ser aún más severa y rígida. En su frustración, su afán de vigilancia se exacerba como pretexto para un acto de vouyerismo que tendrá sus consecuencias.
Lo que sucede dentro de la escuela es precisamente lo que sucede afuera en términos de represión. Las cosas no se hablan y mucho menos se discuten, las acciones rutinarias no se cuestionan y los sentimientos se tienen que guardar.
La mirada invisible nos deja ver más allá de lo que el ojo percibe, nos pone en el lugar de quien vigila, nos hace sentir encerrados en un mundo que mira y siente pero no se deja ver, no se manifiesta.
El mundo de María Teresa (o Marita, como la llama su familia), es aburrido, tedioso, solemne y está compuesto por su madre y su abuela, entre quienes no hay una buena relación. También está el personal de la escuela, sus superiores y sus colegas, con quienes se relaciona de manera poco profunda. La obsesión de Marita está en otra parte. Pero no se trata de una obsesión como la que se desarrolla en La pianista, de Michael Haneke (2001), sino de una que viene mezclada con el ímpetu de una mujer con espíritu joven que simplemente no está dispuesta a romper con esa rigidez en la que aparentemente, se siente tan cómoda y segura.
Hay miradas que se entienden mutuamente, por más invisibles que parezcan. La mirada habla y comunica. El rostro cobra vital importancia en esta película y su contención, su aparente ausencia de emoción, nos deja claro qué es lo que sucede en ese interior que, por diversas razones, impuestas desde afuera o desde adentro, tiene prohibido manifestarse.
Pero la represión no lleva a nada bueno y eso lo sabemos de sobra, lo llevemos al ámbito social o al estrictamente personal. La cinta contiene tanta tensión, que esperamos que esta estalle en cualquier momento… y eso es lo que finalmente sucede. Y como pasa en estos casos, cuando la bomba se activa, lo hace con tanta fuerza y tan poca dirección que resulta devastadora.
En La mirada invisible hay también toda una representación del deseo. Las tomas se centran en la mujer que mira y espía, en la voyeur a quien miramos (convirtiéndonos en eso mismo), aunque no siempre vemos aquello a lo que mira. Son miradas ocultas, prohibidas, clandestinas, todos estos calificativos que se aplican perfectamente bien a la situación en la que se desarrolla la trama, la cual se encuentra sugerida en un sobre entendido que no requiere de muchas explicaciones. La mirada, un acto aparentemente inocente, se encuentra cargada de intencionalidad y de deseo.
Pero ese deseo que se manifiesta en las miradas y en los rostros de los personajes (porque no sólo Marita contiene su deseo, sino que ella misma es objeto del deseo de otros), no es el deseo como lo entendemos comúnmente, es decir, no se trata solamente de querer algo que satisface una carencia y que trasciende al deseo mismo. Lo que deseamos, como bien lo apunta Gilles Deleuze, no es el simple objeto, sino el mundo que le rodea, ese mundo que cobra sentido porque quien desea así lo fabrica. De esta forma, lo difícil no es conseguir eso que se desea, lo difícil es desear. Se desea desde una postura, desde un mundo, una circunstancia. Se desea todo lo que el objeto conlleva y en este caso, se desea mucho más que a un muchacho adolescente. El delirio de Marita contiene mucho más que una simple atracción física o sexual, cobrando un sentido mucho más profundo.
Lo difícil es desear porque hay que construir también el escenario en el que ese deseo discurre. Esa formulación del deseo es la construcción de un mundo en donde las cosas son posibles, en donde el otro nos corresponde, en donde no existen barreras que impidan la comunicación de eso que lleva algún tiempo reprimido, sin decirse.
Contra la represión, lo único que queda, antes de actuar es desear.



