lunes, 17 de enero de 2011

A 17 años...


El mes de enero de 1994 fue significativo para mí. Muchas cosas sucedieron, unas mejores que otras. Sin embargo, la que vale la pena recordar por su trascendencia, es la de haber entrado a trabajar en Radio Educación al Departamento de Continuidad. Ese día del mes de enero se abrió para mí una posibilidad que no había contemplado. ¿Qué tenía que ver la licenciatura en filosofía que había estudiado, con lo que se hacía en una estación de radio? Aparentemente nada, pero en realidad, mucho. Parece curioso pero ahora, a 17 años de distancia, no recuerdo mis miedos ni mis inseguridades por entrar a un ambiente laboral totalmente desconocido para mí y tan diferente a la docencia que había practicado hasta entonces. No recuerdo a la joven de 23 años que aceptaba el reto como una forma de terapia y que quería aprender algo más, en un medio que si bien, no me era ajeno, sí era novedoso. Lo que recuerdo es la gente tan linda que me ayudó a aprender el funcionamiento de la cabina y de la continuidad. Desde entonces, aunque me he separado de la emisora en algún momento, por motivos personales o laborales, la he llevado en mí, junto con todo lo que he crecido en y gracias a ella.

Y si bien, no todo ha sido miel sobre hojuelas (¿qué lo es?), he vivido buenos y malos momentos, intentos fallidos y exitosos también, ratos desagradables y otros entrañables. Pero lo más importante es que Radio Educación ha sido fundamental en mi construcción como persona y como profesional. Ahora, cuando alguien me pregunta ¿a qué te dedicas?, le respondo con todo el gusto y el orgullo de que soy capaz, que SOY locutora. Soy muchas otras cosas pero me gusta saber que esta actividad, además de llenarme de satisfacciones, es la que, en mayor medida, me da de comer. Sin duda, soy afortunada. Y esto pudo ser posible aquí, gracias a la capacitación diaria que da el trabajo, gracias al gran aprendizaje no solamente técnico sino profesional y ético, en una palabra, humano.

Algo que sé con certeza y que me ha hecho abrazar esta estación de una manera especial, es que he conocido amigos entrañables que me han demostrado su afecto y que me siguen considerando su amiga, haciéndome sentir afortunada por ello. He iniciado amistades invaluables que van más allá del trabajo y que tienen mi aprecio, respeto y admiración por siempre. He aprendido a conocer a las personas antes de juzgarlas, a respetar sus formas de ser, independientemente de si me agradan o no, a valorar sus cualidades y aprender de ellas, a trabajar con ellas, cada una en su estilo y con su carácter.

Y también sé que habrá más cosas, que tal vez no esté en la emisora para siempre, pero eso ya es intrascendente. La vida nos lleva por caminos misteriosos y nunca sabemos qué haremos en los próximos años ni en dónde. Lo que afirmo ahora con certeza, es que me gusta mucho mi trabajo, que en ninguna otra emisora hubiera podido crecer tanto en lo profesional y en lo personal, que disfruto mucho lo que hago y que puedo aplicar todo lo que he estudiado a lo largo de mi vida a ese quehacer cotidiano de la radio que tanto me apasiona. También sé que adonde vaya, ya sea que me dedique a la locución o no, el haber pasado por aquí me habrá hecho una mejor profesional.

Esta huella no es superficial, es una huella que me conforma y que ya nunca podré borrar. Para bien o para mal, pase lo que pase, como dicen por ahí, ¡lo baliado, ya nadie me lo quita!

lunes, 22 de noviembre de 2010

"La mirada invisible". Una metáfora de la represión.



El tema de la dictadura en Argentina ha sido tratado en muchas películas, de diversas maneras. Pareciera que el tema pudiera haberse agotado, pero esta película de Diego Lerman, nos demuestra que no es así.

La mirada invisible nos sitúa en el año 1983, durante la decadencia del régimen militar impuesto en 1976. La historia transcurre básicamente dentro de un prestigiado colegio en el que la disciplina lo es todo. Una joven prefecta (María Teresa) es la encargada de la vigilancia en un ambiente sumamente represor, en donde la consigna es vigilar y controlar a los adolescentes en este deber ser en el que la obediencia y la buena conducta son la cualidad más apreciada.

Pero no se puede tapar el sol con un dedo. María Teresa siente atracción por uno de los estudiantes; una atracción silenciosa pero notoria que se manifiesta en tensión sexual y que la lleva a ser aún más severa y rígida. En su frustración, su afán de vigilancia se exacerba como pretexto para un acto de vouyerismo que tendrá sus consecuencias.

Lo que sucede dentro de la escuela es precisamente lo que sucede afuera en términos de represión. Las cosas no se hablan y mucho menos se discuten, las acciones rutinarias no se cuestionan y los sentimientos se tienen que guardar.

La mirada invisible nos deja ver más allá de lo que el ojo percibe, nos pone en el lugar de quien vigila, nos hace sentir encerrados en un mundo que mira y siente pero no se deja ver, no se manifiesta.

El mundo de María Teresa (o Marita, como la llama su familia), es aburrido, tedioso, solemne y está compuesto por su madre y su abuela, entre quienes no hay una buena relación. También está el personal de la escuela, sus superiores y sus colegas, con quienes se relaciona de manera poco profunda. La obsesión de Marita está en otra parte. Pero no se trata de una obsesión como la que se desarrolla en La pianista, de Michael Haneke (2001), sino de una que viene mezclada con el ímpetu de una mujer con espíritu joven que simplemente no está dispuesta a romper con esa rigidez en la que aparentemente, se siente tan cómoda y segura.

Hay miradas que se entienden mutuamente, por más invisibles que parezcan. La mirada habla y comunica. El rostro cobra vital importancia en esta película y su contención, su aparente ausencia de emoción, nos deja claro qué es lo que sucede en ese interior que, por diversas razones, impuestas desde afuera o desde adentro, tiene prohibido manifestarse.

Pero la represión no lleva a nada bueno y eso lo sabemos de sobra, lo llevemos al ámbito social o al estrictamente personal. La cinta contiene tanta tensión, que esperamos que esta estalle en cualquier momento… y eso es lo que finalmente sucede. Y como pasa en estos casos, cuando la bomba se activa, lo hace con tanta fuerza y tan poca dirección que resulta devastadora.

En La mirada invisible hay también toda una representación del deseo. Las tomas se centran en la mujer que mira y espía, en la voyeur a quien miramos (convirtiéndonos en eso mismo), aunque no siempre vemos aquello a lo que mira. Son miradas ocultas, prohibidas, clandestinas, todos estos calificativos que se aplican perfectamente bien a la situación en la que se desarrolla la trama, la cual se encuentra sugerida en un sobre entendido que no requiere de muchas explicaciones. La mirada, un acto aparentemente inocente, se encuentra cargada de intencionalidad y de deseo.

Pero ese deseo que se manifiesta en las miradas y en los rostros de los personajes (porque no sólo Marita contiene su deseo, sino que ella misma es objeto del deseo de otros), no es el deseo como lo entendemos comúnmente, es decir, no se trata solamente de querer algo que satisface una carencia y que trasciende al deseo mismo. Lo que deseamos, como bien lo apunta Gilles Deleuze, no es el simple objeto, sino el mundo que le rodea, ese mundo que cobra sentido porque quien desea así lo fabrica. De esta forma, lo difícil no es conseguir eso que se desea, lo difícil es desear. Se desea desde una postura, desde un mundo, una circunstancia. Se desea todo lo que el objeto conlleva y en este caso, se desea mucho más que a un muchacho adolescente. El delirio de Marita contiene mucho más que una simple atracción física o sexual, cobrando un sentido mucho más profundo.

Lo difícil es desear porque hay que construir también el escenario en el que ese deseo discurre. Esa formulación del deseo es la construcción de un mundo en donde las cosas son posibles, en donde el otro nos corresponde, en donde no existen barreras que impidan la comunicación de eso que lleva algún tiempo reprimido, sin decirse.

Contra la represión, lo único que queda, antes de actuar es desear.




martes, 16 de noviembre de 2010

Submarino. Cómo salir a flote después del hundimiento.

En las últimas dos décadas, el cine nórdico en general y el danés en particular, han tenido relevancia a lo largo y ancho del mundo, debido a diversos factores que tienen que ver con los métodos de producción y distribución locales, pero también con el hecho de haber sabido aprovechar los mecanismos propios de la globalización a su favor. Las películas danesas, con escenarios locales e historias humanas, hacen alarde de su buena factura pero también del hecho de que la pretensión y la condescendencia no son necesarias para que una película sea entrañable y cumpla con su objetivo primordial: transportarnos a otro lugar, a otro momento.

Parte de estas características (o, desde mi punto de vista, virtudes) se las debemos, en gran medida, a Dogma 95, movimiento creado en ese año por Lars von Trier y Thomas Vinterberg, al que inmediatamente se sumaron Christian Levring y Soren Kagh-Jacobsen, así como una gran cantidad de cineastas de todo el mundo después de ellos. El juego provocador e irreverente iba más en serio de lo que todos creían.

Submarino es la más reciente película del director danés Thomas Vinterberg, quien fue lanzado a la fama con grandes credenciales, gracias a la cinta Festen (1998), la primera en filmarse bajo los postulados (o votos de castidad, como sus creadores les denominan) del manifiesto Dogma 95.

Vinterberg regresa al drama familiar que muchos de sus colegas de Dogma 95 han cultivado con tan buenos resultados y que él mismo ya plasmaba en Festen. Sucede que, debido a las limitantes planteadas en el manifiesto, en las películas Dogma el verdadero reto, independientemente de las cuestiones narrativas, es la historia, su capacidad de convencer, su profundidad y la manera en la que es representada por los actores.

Ya libre desde hace algún tiempo de las ataduras, mas no de la experiencia y las enseñanzas de Dogma 95, Vinterberg nos habla ahora de relaciones fallidas, de culpas, de crisis. Submarino retrata el drama humano, social, familiar y personal a través de relaciones disfuncionales que se presentan en cualquier lugar del mundo. De manera cruda y directa, vemos lo que hay y por austero que esto sea, resulta de una profundidad asombrosa.

Una familia disfuncional, una mujer alcohólica y tres hijos abandonados, dos de los cuales tienen que hacerse cargo del menor de ellos, que apenas es un bebé. Niños que imitan lo que ven, que fuman y toman como lo hace su madre, que está casi siempre ausente y que ejerce violencia sobre ellos de manera sistemática. Después, la tragedia, esa que marcará al mayor de los hermanos para siempre con una culpa de la cual no podrá deshacerse sino hasta mucho tiempo después, ya en la madurez.



Nick y su hermano se separan tras una infancia difícil. Él es un ex convicto, un hombre violento con muchos problemas para expresar sus emociones y todo aquello que le causa tanto dolor y tanto odio. Su hermano es un viudo adicto a las drogas, que cuida a su pequeño hijo. Las vidas de ambos se unirán de nuevo en un momento en el que las decisiones están aún por tomarse.

La palabra clave para describir esta cinta es austeridad. El lenguaje, las expresiones, los gestos, los ambientes, todo es austero, mas no superficial. La mayor parte del filme se encuentra iluminado por una luz proveniente del cielo nublado, gris. En algunos interiores predomina ese tono de azul que podemos apreciar en muchas películas nórdicas de los últimos años. Todo esto provoca un sentimiento de frialdad y desolación que combina con los sentimientos de los personajes y la situación en general.

Las historias paralelas de los hermanos tienen lugar en un despliegue temporal que percibimos gracias a pequeños detalles en la vida cotidiana de ambos. Son historias que se unen y se separan durante toda la cinta, dejándonos ver tanto el vínculo que existe entre ellos, como todo aquello que los separa. Los dos tienen mucho en común y eso que los une es doloroso. Comparten una infancia muy dura, así como un constante deseo de autodestrucción que no reconoce ataduras ni responsabilidades.



Submarino habla de la culpa, de tratar de salvar algo que hace tiempo se perdió, de tener otra oportunidad, aunque esto parezca muy poco probable, debido a que las heridas continúan abiertas. En sus personajes se encapsula la ira, la frustración, la añoranza de poder haber tenido una vida mejor, la compasión por ese niño interno que no ha muerto pero que tampoco ha crecido, con el que no ha podido haber reconciliación. Siempre hay un niño al cual salvar pero el más importante es aquel que no ha dejado de sangrar y que se lleva por dentro.

Con esta cinta, Thomas Vinterberg se reafirma como un director importante dentro del panorama cinematográfico contemporáneo. Submarino se presentó en competencia en el pasado Festival de Cine de Berlín, obtuvo el Premio de la Crítica en el Norwegian Internacional Film Festival y también se hizo acreedora al Nordic Council Film Prize.
 
http://www.youtube.com/watch?v=j1g_mM7oYZs

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Biutiful. Pretención vs. mensaje.

¿Cómo empezar? Hacía mucho que no escribía crítica de cine y, la verdad, ya lo extrañaba. Claro que no escribía para alguna publicación especializada, sino para mi misma. Pero da igual, la escritura es algo que hay que ejercitar y la crítica, también.

Al fin, después de muchas semanas de no pisar un cine (Dios, ¿qué me está pasando?), fui a ver Biutiful, película de la que había escuchado comentarios tanto favorables como en contra. Y lo que pasa, es que esta cinta provoca sentimientos encontrados. Tiene momentos muy bellos, en los que la imagen se transforma en una perfecta metáfora de lo que la historia narra, apelando a una estética basada en relaciones y escenarios opresivos, que hacen juego con una Barcelona pocas veces vista. La narrativa, que termina justo en donde comienza, cumple con su objetivo y nos deja la sensación de que el círculo se ha cerrado.

El trabajo de Javier Bardem me parece impecable, con una caracterización física que brinda credibilidad a su personaje, Uxbal, quien posee un semblante que pareciera estar siempre a punto de estallar en cólera por lo deprimente de su vida, su trabajo y su futuro. Me llama la atención cómo este actor, con un rostro tan reconocible y tan duro de facciones, es capaz de realizar personajes tan variados como los que hemos visto a lo largo de su filmografía.

Sin embargo, la historia y la trama tienen sus bemoles. Para empezar, ¿por qué hacer una película de 147 minutos? Hay momentos en la cinta que son muy tediosos y existen dos líneas argumentales que, a mi parecer, salen sobrando. La primera, la de los chinos y su relación homosexual. Considero que bastaba con plantear los personajes como las personas encargadas de explotar a los inmigrantes, pero profundizar en su relación de pareja, me parece francamente irrelevante, no por tratarse de una relación entre dos hombres, sino porque no aporta absolutamente nada a la historia.

Otra línea a la que no le encontré mucho sentido es aquella que nos plantea a un Uxbal que habla con los muertos, que cobra dinero por ello y que va a pedirle ayuda a una mujer, que es, en un principio, la única que sabe que se está muriendo y le brinda el consuelo necesario para dejar sus asuntos en orden. Pienso que no era necesario dotar al personaje de poderes sobrenaturales ni hacerlo ver personas pegadas al techo, al más puro estilo de “I see dead people”. La impresión de un hombre en esa situación, al saber que va a morir, pudo haber sido suficiente detonador para querer arreglar los asuntos pendientes, y más si su trabajo se centraba en la explotación (o “ayuda”, como él lo llamaba) de inmigrantes ilegales. Era el pretexto ideal para adquirir una perspectiva distinta de la vida.

A su favor, hay que decir que los ambientes, tanto visuales como sonoros, nos hacen sentir esa opresión de una ciudad oscura, la opresión de los personajes que viven y conviven en espacios muy reducidos, ya se trate de un ciudadano español dedicado a la explotación de inmigrantes, de un policía corrupto que desconfía de todos y de todo, o de africanos y asiáticos que llegan a España a intentar construir una vida distinta en un país que los recibe con hostilidad y abusos… La historia cotidiana de muchas ciudades del mundo. En este sentido, el diseño de arte es notable, así como la fotografía, que retrata en imágenes una realidad exterior e interior, un estado de ánimo y una condición humana.

Hacia el final, la película se encarga de dejarnos en claro una moraleja: aquel a quien le das de comer, no siempre te morderá la mano. Sin embargo, existe latente la otra opción, aquella que dicta que nadie es de fiar, ni siquiera aquel a quien le das de comer. De alguna forma, Biutiful nos deja ver que el problema de la migración ilegal masiva que se ha dado en los últimos años en Europa y en muchos países de otros continentes, es más complejo de lo que creemos y se puede abordar desde tantas perspectivas como personas involucradas y afectadas por el fenómeno existen.

Otra de las fallas de Biutiful es el sonido; no el diseño de audio, sino la calidad del sonido, sobre todo en exteriores, la cual se hace más notoria debido al volumen con el que suelen proyectarse las películas en las salas de exhibición; la cinta se escucha saturada y en muchas ocasiones no se entiende lo que dicen los personajes, sobre todo al principio.

Para finalizar, en general, la película me pareció pretenciosa. Sin embargo, considero que se trata de una historia conmovedora en muchos sentidos, que remarca la problemática de millones de personas en el mundo y que nos deja echar un vistazo a la realidad a través de un hombre que busca congraciarse con su vida al saberse condenado a muerte, pero que se encuentra con una serie de obstáculos que le hacen esa tarea más difícil… o quizá más fácil.

Además, considerando lo que el mismo Alejandro González Iñárritu ha dicho sobre su película, ésta me parece aún más pretenciosa. Los desatinados comentarios acerca de por qué filmó la cinta en Barcelona, lo han hecho parecer aún más arrogante, al intentar, de manera bastante fallida, comparar este trabajo en España con lo que Luis Buñuel hizo en México en su momento. Ya sé que el contexto de la obra y lo que se genera alrededor de ella es irrelevante para el espectador que paga su boleto y ve la película sin este tipo de prejuicios, pero ya hablando de la crítica, la cosa cambia y el contexto se vuelve muy importante. Me da gusto que un mexicano sea reconocido a nivel mundial y que sus películas sean apoyadas por compañías e instituciones extranjeras, pero la verdad, prefiero la discreción de Guillermo del Toro.

martes, 30 de marzo de 2010

Ahora hay que hacerla de nana

En los últimos meses se han conformado una serie de iniciativas ciudadanas que proponen mantener bajo vigilancia el quehacer de los diputados, esos célebres personajes que viven de nosotros y que ostentan un poder casi divino, por no mencionar las riquezas que amasan a nuestras costillas. Porque no me digan que estos personajes viven solamente de sus sueldos –bastante jugosos, por cierto-, no, todos tienen otros negocitos alternos que hacen que ser diputado represente el haber ganado un buen hueso para roer durante muchos años. Es por eso que hacen hasta lo imposible, con porquería y media de por medio, para ocupar esos puestos que se definen con una palabra: excesivos. Excesivos porque en teoría, representan una gran responsabilidad, al llevar supuestamente la voluntad y las opiniones de los ciudadanos a nivel legislativo. Excesivos porque ningún profesionista con posgrados aquí o en el extranjero, tiene el sueldo ni las prestaciones, ni el séquito que ostentan estas personas. Excesivos por el grado superlativo de prepotencia y de cinismo del que son capaces.

Bueno, pues ahora, ciertos grupos ciudadanos han lanzado sendas iniciativas para vigilar a estos profesionistas de la vergüenza (la ajena, claro). Antes de comenzar a despotricar en contra de esta idea, debo decir que estoy a favor de la acción ciudadana y de el ejercicio de los derechos democráticos. Me parece muy buena idea el intentar despertar a la gente del letargo y la indiferencia en la que suele vivir ante estos temas. Creo que hace falta acción y no sólo críticas.

Sin embargo, ¿cómo está eso de que ya aceptamos abiertamente que nuestros legisladores NO SIRVEN PARA NADA?, ¿cómo está eso de que necesitan nana que los esté vigilando? Es deprimente pensar que, con los sueldos y las prestaciones que se cargan ellos y todo su séquito (sí, porque tienen séquitos parecidos a los de los Duques de York o algo así), todavía hay que revisarles el trabajo. Si cualquier trabajador, de cualquier ramo de la actividad profesional, deja de producir o lo hace de manera ineficiente y defectuosa, ¡va para afuera! Eso es motivo de despido y con toda la razón. Si un trabajador cualquiera deja de ir a trabajar, o de plano tiene otras ocupaciones más importantes que su empleo, ¡va para afuera!

¿Por qué aceptar que son unos ineptos y aún así apapacharlos bajo una cubierta de “supervisión ciudadana”? Lo que deberíamos hacer es anular nuestros votos cada vez que haya elecciones para senadores y diputados. Lo que deberíamos hacer es dejar de reverenciar a estos personajes que, porque tienen poder y dinero (el nuestro), entran a todos lados por la puerta grande, son admirados por sus “logros” profesionales y se les permite prácticamente todo. El día en el que repudiemos socialmente a estos parásitos y dejemos de admirarles el hecho de que son transas, chingones y puedelotodos, ese día, las cosas van a cambiar.

A los mexicanos nos encanta lamer las botas de quienes aparentan u ostentan un poder económico superior al de los demás. Envidiamos a los que se van de shopping a Estados Unidos, a los que viajan en primera clase o a los que compran ropa en tiendas exclusivas de diseñador. Nos encanta la palabra “exclusivo”, sólo para gente “VIP”. Y luego sucede que la gente VIP es la más corrupta, ignorante, maldita y corriente, la que es capaz de vender y matar a su propia madre por tener poder político y, por supuesto, económico.

A los políticos les pasa lo mismo que a la Iglesia Católica: sólo les importa el dinero. Les vale gorro la política, la democracia, el desarrollo del país, así como al clero le vale la salvación de las almas, la dignidad humana y todo eso con lo que se la pasan lucrando y que forma parte de sus discursos cotidianos.

Ya llegamos al punto en el que los diputados nos dicen: “Soy un inepto, flojo, corrupto, ¿y qué?”. El aceptar que haya personas vigilándolos porque ya nadie cree en ellos ni en su calidad moral, es algo muy fuerte.

Hace algunos años, cuando los medios masivos comenzaban a criticar abiertamente a los políticos y a balconearlos en situaciones comprometedoras, todavía se escuchaban disculpas, explicaciones o de plano, renuncias y deserciones. Pero ahora, que ya los balconeos son cosa de todos los días, estos especímenes se han vuelto de lo más cínicos. Con sus canonjías, privilegios y fueros, estos hacen lo que se les pega la gana.

Francamente, no creo que la solución esté en vigilar de cerca a los diputados. Ellos tienen que cumplir responsablemente con su papel en la sociedad, tienen que darnos cuentas y, si lo hacen mal, ser sancionados. Insisto, PARA ESO SE LES PAGA No podemos conformarnos con ser nanas de estos corruptos. Una cosa es participar como ciudadanos y otra, muy distinta, convertirnos en policías de quienes deben darnos cuentas… o largarse.

viernes, 26 de febrero de 2010

Centenario

La mayoría de las personas que pisamos este planeta llegamos y venimos sin aparente pena ni gloria. Muy pocos son quienes logran sobresalir y ser recordados, para bien o para mal, por más de cien años. Pero, pensándolo bien, esto que escribo no es cierto del todo. Cada persona tiene a sus "inmortales" particulares, aquellos que nos acompañarán durante nuestro camino por la vida, hasta que éste termine. Asimismo, todos deberíamos aspirar a esa inmortalidad en aquellos que nos conocen y a quienes, algún día, hemos de faltarles.


Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de una persona que no aparece en los libros de texto, cuya vida no se encuentra registrada en la memoria colectiva, aunque sí en la de aquellos que la quisimos y admiramos desde que nacimos. Una persona que, sin nadie saberlo, quedó inmortalizada desde muy joven, como cuenta una leyenda, en una calle de la Colonia del Valle, que obtuvo su nombre en honor a ella; un nombre atípico y discordante con los de las demás calles de la zona: Eugenia.


Con ella aprendí y viví lo que significa la palabra "abuelita", y lo pongo en diminutivo porque eso era ella, una abuelita cariñosa, consecuente y demasiado consentidora con sus nietos. La palabra "abuela" suena demasiado dura para ella. Lo digo desde el lugar que me corresponde dentro de los doce que tuvimos la fortuna de llamarla "Allita"; tuve el privilegio y el honor de hacerla abuela por primera vez y de ponerle el nombre con el que esas doce personas la conocimos siempre.


Recuerdo cuánto me gustaba quedarme a dormir en su casa, las cosas que nos contaba de cuando era niña y jugaba con sus hermanos a los vaqueros; de cuando le tiraron los dientes en un juego de beisbol; o de cuando su mamá le contaba del Sr. Piña, un hombre que llegó a su casa a pedir agua en tiempos de la Revolución. Recuerdo cómo se le llenaban los ojos de lágrimas cada vez que recordaba a Toñito, un gesto que lejos de inspirarme debilidad, me hacía sentir una gran admiración por esa mujer que supo superar la adversidad en todo momento. Recuerdo su habilidad para la repostería y la manera en la que nos consentía aún a espaldas de mis papás. Recuerdo haberle pedido a Dios que nunca se la llevara y el haberle rogado que lo hiciera en los últimos días de su vida.


Es realmente poco lo que puedo expresar en comparación con lo que siento. Sólo puedo decir que fui afortunada teniéndola a mi lado en los momentos importantes y en los ratos cotidianos. Lo que disfruté a su lado me acompañará por siempre, hasta que nos volvamos a encontrar.

In memoriam. Eugenia Rebolledo Clement (1910-1989).